La inmigración española a República Dominicana durante el siglo XX

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La inmigración española a República Dominicana durante el siglo XX

Entre 1880 y 1930, cerca de tres millones y medio de españoles cruzaron el Atlántico con el propósito de “hacer la América”. De esta riada emigratoria sólo una mínima parte tuvo como destino la República Dominicana. A diferencia de países como Argentina, Cuba, Brasil o Uruguay, que fueron las principales plazas receptoras o destino preferido de este masivo trasvase poblacional, en nuestro país la inmigración española no tuvo una presencia cuantitativa, fue más bien de carácter cualitativo.

En 1920, año en que se realiza el primer censo nacional, la República Dominicana contaba con 894,665 habitantes, de los cuales 49,520 eran extranjeros, es decir, el 5.5%. Entre estos, los naturales de España totalizaban 1,443 personas, representando apenas el 3% del conjunto de la población extranjera radicada en el país. Los españoles eran el cuarto grupo en importancia numérica dentro de los inmigrantes. En primer término, figuraban los haitianos, que sumaban 28,258; seguidos por los inmigrantes de las Antillas Menores, 8,305 y los puertorriqueños, que llegaban a 6,069. Entre los europeos, los españoles constituían el primer grupo radicado en el país.

Los españoles que emigraban entonces solían ser gentes sencillas, que dejaban el terruño cuando eran jóvenes, con la ilusión de alcanzar una posición de bienestar. Procedían de humildes aldeas y poblados. Llegaban a América atraídos por el deseo de progresar, o bien para librarse de la obligatoriedad del servicio militar y así evadir el riesgo de las guerras coloniales sostenidas por España, tanto en Cuba como en Marruecos. Muchos se enrolaban en la aventura americana acudiendo al llamado de parientes y conocidos, establecidos en los países de adopción, quienes los reclamaban para que laboraran junto a ellos, creándose así la llamada “generación de relevo”. O bien eran seducidos por la imagen legendaria del “indiano rico” que regresaba triunfante y cargado de posesiones a su comarca, tras su estancia en América. Similar al efecto que produce, en nuestras comunidades marginales, la estereotipada figura del “dominicanyork”, quienes contribuyen mediante el envío de remesas al bienestar de sus familiares y al progreso de sus comunidades.

Bajo tales condiciones, se fueron estableciendo redes y cadenas migratorias caracterizadas por un alto componente de parentesco o vecindad, que se multiplicaron y consolidaron en ambos lados del Atlántico, como fueron los casos de Medida Sidonia y Chiclana de la Frontera en MANUEL A. GARCÍA ARÉVALO.

Licenciado en Historia. Académico de número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Miembro emérito del Instituto Dominicano de Genealogía. Empresario, Escritor. Ex ministro de Industria y ComercioCádiz, a finales del siglo XIX, al igual que sucedió con los concejos de Cabranes y Pola de Allande, en Asturias, y La Guardia y Camposanco, en Galicia, que establecieron una fluida corriente migratoria con la República Dominicana a partir de las primeras décadas del siglo XX.

Otro factor no desdeñable fueron las campañas propagandísticas desplegadas por las compañías navieras, que emplearon a agentes reclutadores denominados “ganchos” o “garroteros”, que recorrían las zonas rurales promoviendo la emigración a aquellos que querían mejorar sus condiciones económicas y obtener la movilidad social que no podían alcanzar en su tierra. A su vez, los propios estados iberoamericanos, ante la necesidad perentoria de mano de obra, levantaron las restricciones a la entrada de inmigrantes y pusieron en marcha una legislación para incentivar su entrada, subvencionando incluso los pasajes y difundiendo, a través de sus representantes diplomáticos y medios de prensa, las facilidades de trabajo y las oportunidades que ofrecían sus países a quienes emigraran a ellos.

Muchos de esos humildes jornaleros y dependientes, tras largos años de duras faenas y privaciones, lograron hacer sus economías y establecer sus propios negocios. Trascendiendo la esfera comercial –donde se hicieron fuertes–, algunos de estos inmigrantes, dotados de una clara visión empresarial, establecerían pequeñas industrias y talleres en las más diversas ramas de la actividad productiva, formando así parte de la médula empresarial dominicana. También existía una corriente directa de algunos profesionales, específicamente médicos e ingenieros, quienes habían llegado directamente desde España, dadas las condiciones desfavorables para la clase media imperantes allí.

En consonancia con esta prosperidad, los inmigrantes españoles han realizado notables aportes al desarrollo de la arquitectura nacional y al ornato urbano, levantando singulares edificaciones comerciales y residenciales, consideradas en su época de gran relevancia. Por esta razón, el sociólogo José del Castillo –al estudiar los diferentes grupos de inmigrantes que han contribuido a la formación de la sociedad dominicana moderna– ha ubicado con justeza a esta corriente poblacional dentro de la inmigración empresarial, en virtud de sus significativos aportes al desarrollo nacional en el ámbito de los negocios.

La principal actividad económica de los inmigrantes españoles fue el comercio, tanto al por mayor como en el sector minorista.

El grueso de los emigrantes en aquel tiempo estaba generalmente constituido por hombres jóvenes, muchos de los cuales habían probado suerte en otros países iberoamericanos, principalmente en Cuba y Puerto Rico. El hecho de que dentro del colectivo de emigrantes españoles prevalecieran los hombres, que generalmente viajaban solos y sin familia, no solo facilitó su movilidad y capacidad de adaptación, sino que favoreció su inserción en la comunidad de acogida por vía del matrimonio con mujeres nativas, en muchos casos con las propias hijas de españoles establecidos con anterioridad en el país, lo que marcó su impronta no solo en el mundo laboral sino también en el ámbito familiar y social dominicano.

Y aunque en su mayoría los inmigrantes eran de origen rural, prefirieron instalarse en el medio urbano, aprovechando en muchos casos las oportunidades de empleo que les ofrecían los establecimientos comerciales de los familiares o paisanos que se habían radicado en el país previamente. Su plena integración en la sociedad dominicana, que acogió a los españoles sin ningún tipo de reparos, ha quedado evidenciada al convertirse en troncos de familias que han realizado reconocidas aportaciones en las más variadas instancias de la vida nacional.

La principal actividad económica de los inmigrantes españoles fue el comercio, tanto al por mayor como en el sector minorista: instalaron tiendas
en los ramos textil y del calzado, almacenes de provisiones, colmados y pulperías en las ciudades de mayor ritmo económico, entre ellas la capital (la principal plaza comercial del país), Santiago, Puerto Plata, San Pedro de Macorís y La Romana. Otros levantaron pequeños talleres artesanales y de mecánica, herrería, al igual que sastrerías y zapaterías, o incursionaron en la hostelería y la gastronomía, con la apertura de pequeños hoteles, pensiones, restaurantes, fondas y cafeterías.

Aquellos que se asentaron en el campo se dedicaron al cultivo del café en las zonas de Polo, en Barahona, y Navarrete, en Santiago, así como al
comercio de exportación de productos agrícolas tradicionales en La Vega y San Francisco de Macorís. También establecieron colonatos de caña
de azúcar y haciendas ganaderas en las llanuras orientales, y se ocuparon en la siembra de frutos menores en varios lugares del país.

Las corporaciones españolas en la República Dominicana

Con fines de consolidarse en el plano social, al tiempo que económico, los inmigrantes españoles han mostrado una fuerte tendencia asociacionista con el propósito de agrupar a los miembros de su colectividad. Esta capacidad de organización se ha puesto de manifiesto en la creación de sociedades mutualistas de beneficencia, al igual que corporativas, culturales y recreativas.

Entre las asociaciones creadas por la colonia española a lo largo de la pasada centuria, están el Centro Recreativo Español de San Pedro de Macorís, fundado en 1911; la Casa de España, en Santo Domingo, creada en 1917, en plena intervención militar norteamericana; el Casino Español de Santiago de los Caballeros, en 1928, que posteriormente resurgiría como el Centro Español de Santiago, a partir de 1965; el Centro Español de Barahona, en 1930 y el Club Español Cultural de Constanza, en 1972. Estas asociaciones dieron lugar, en 1973, a la formación de la Federación de Sociedades Españolas en la República Dominicana (FESEREDO).

A través de la constitución de estos centros sociales y casas regionales se han fomentado los mecanismos para mantener los vínculos de identidad con su región de origen y país, además de facilitar asistencia de ayuda mutua y humanitaria, como es el caso de la Sociedad Benéfica Pro-Emigrantes Españoles, establecida en 1982, con el propósito de auxiliar a aquellos paisanos desvalidos y sostener a la vez un asilo de ancianos.
En la esfera de los negocios, opera desde 1924 la Cámara Oficial Española de Comercio, Industria y Turismo, influyente organismo que aglutina a la colectividad empresarial hispano-dominicana y aboga por potenciar las relaciones económicas bilaterales entre la República Dominicana y el Reino de España.

 

El crac del 29 y los difíciles años 30

Al inicio de la década de los treinta, la actividad económica y financiera del país sufrió un brusco descenso como consecuencia del desplome de la Bolsa de Valores de Nueva York, en octubre de 1929, considerado el mayor descalabro bursátil del siglo XX y detonante de la Gran Depresión. El cese de la demanda mundial acarreó la caída de los precios de nuestros principales rubros de exportación, por lo que se ralentizó durante varios años el crecimiento económico, perjudicando notablemente al sector comercial, donde los españoles establecidos en República Dominicana tenían una gran incidencia.

De hecho, la depresión económica y la inestabilidad política que se verificaron durante los primeros años de la década del treinta, aunado a la devastación causada por el ciclón San Zenón, el 3 de septiembre de 1930, a la ciudad de Santo Domingo, principal plaza comercial del país, provocaron un reflujo de la inmigración española, al extremo de que la matrícula de residentes registrados en el Consulado, en 1930, se redujo de 3,123 a no más de 850 individuos en 1934, –de los cuales 700 estaban radicados en la capital, 80 en San Pedro de Macorís y 70 en el resto del país– , lo que significó que las dos terceras partes de los españoles abandonaron la isla entre esos años.

La política inmigratoria de Trujillo

A partir de la década de los cuarenta, se abrirían nuevas posibilidades a la inmigración española, tanto por la vocación poblacional del régimen de Trujillo, como por la Guerra Civil española, que obligó la salida masiva de miles de exiliados hacia Europa y América. A lo cual se agregaba la cruda realidad socio-económica en que quedó sumida España durante la prolongada y dura etapa de postguerra, obligando a muchos hombres y mujeres a lanzarse a la aventura ultramarina en busca de un mayor bienestar.

Entre 1939 y 1940 arribaron a la República cerca de 4,000 refugiados españoles, pertenecientes al bando republicano, quienes optaron por el exilio, tras finalizar la contienda en 1939. En principio, el objetivo de esta inmigración era el establecimiento de varias colonias agrícolas, pero el alto nivel de calificación y los hábitos urbanos de estos transterrados políticos, dieron al traste con el éxito de ese propósito de fomento agrícola.

De todos modos, aunque la mayoría de estos expatriados no permanecieron mucho tiempo en el país, marchándose a otras urbes americanas que les ofrecían mayores posibilidades de progreso, la presencia de un nutrido grupo de profesionales, intelectuales y artistas, tuvo una extraordinaria repercusión en la vida cultural dominicana, enriqueciéndola en múltiples aspectos.

Otro aluvión sobresaliente de la inmigración española al país acaeció entre 1955 y 1956, con la llegada de unos 4,731 agricultores provenientes, en su mayoría, de Valencia, Burgos, Galicia y Canarias. Entre ellos, además de los agricultores, venían maestros de escuela, técnicos en diferentes especialidades, capataces de construcción. Arribarían, asimismo, 112 policías que serían incorporados a diferentes departamentos de la Policía Nacional, especialmente el de tránsito.

Las condiciones en que se produce este proceso inmigratorio y de colonización agrícola, en el marco de las relaciones entre Franco y Trujillo, han sido analizadas por la socióloga Francis Pou, quien concluye que este nutrido grupo de laboriosos hombres y mujeres del campo español, luego de haber vencido con trabajo y tesón los múltiples obstáculos con los que se encontraron a su llegada a suelo dominicano, se convirtieron en exitosos empresarios agrícolas, que han dejado una invaluable huella, no solo en la productividad de la tierra –por su incidencia en la elevación y diversificación agrícola, con el uso de una tecnología más avanzada–, sino incluso en el estilo de vida de las comunidades donde se radicaron, al incrementar la generación de empleos y el nivel de ingresos de las mismas.

Las colonias agrícolas se establecieron en Baoba del Piñal (Cabrera), Constanza, Azua, San Juan de la Maguana, Montecristi y Dajabón. De este contingente poblacional, una buena parte regresó a España o se trasladó oportunamente a otros países iberoamericanos, pero otra permaneció de manera definitiva en la República Dominicana realizando significativos aportes en el cultivo de varios rublos agrícolas, tales como el arroz, la papa, la cebolla y el ajo, la horticultura y la floricultura.

A ello se suma la legión de religiosos y religiosas de las órdenes católicas, que, a lo largo del pasado siglo, han jugado roles de gran importancia en el plano de la educación, la difusión religiosa y la asistencia humanitaria.

El nuevo perfil inmigratorio

El retorno de la democracia en España, pautado por la Constitución de 1978, vino aparejado del crecimiento económico y la internacionalización empresarial, con mejores accesos a la educación, la capacitación tecnológica y la cultura. De modo que la modernización y la prosperidad, con una mayor coerción social y mayores oportunidades, tanto en sanidad, como en la cobertura del sistema laborar, cambiaron el perfil de la emigración peninsular. Estos avances, propios del estado de bienestar, hicieron que decreciera la emigración tradicional con destinos europeos y trasatlánticos, convirtiendo a España, desde la década de 1990, en un país receptor de inmigrantes, acogiendo entre ellos a más de 150 mil dominicanos.

Atrás quedaron los vapores abarrotados de jóvenes procedentes de entornos rurales, con baja cualificación, en busca de la aventura americana, al igual que los miles de jóvenes de ambos sexos con “sus maletas atadas” que en los años sesenta y primeros de los setenta del siglo pasado, abordaban los trenes con destino a Francia, Alemania, Bélgica y Holanda. Pero aun con los crecientes niveles de prosperidad y libertad, la emigración española no ha desaparecido del todo. Lo novedoso de cara al presente siglo es el giro radical que ha dado el modelo migratorio español.

A partir de la década de los cuarenta se abrirían nuevas posibilidades a la inmigración española, tanto por la vocación poblacional del régimen de Trujillo, como por la Guerra Civil española.

Ya no son aquellos que escapan a la extrema desigualdad y la elevada pobreza, o de las persecuciones políticas y religiosas. Ahora son profesionales de alta cualificación, como ingenieros y técnicos vinculados al sector de la construcción y de la energía, al igual que a los ramos de hotelería, gastronomía, finanzas, periodismo, publicidad, industria editorial y textil, en un reflejo de la fuerte internacionalización de las empresas españolas y la toma de posiciones en la económica globalizada de nuestro tiempo.

Aquellos que se asentaron en el campo se dedicaron al cultivo del café en las zonas de Polo, en Barahona, y Navarrete, en Santiago.

crecientes niveles de prosperidad y libertad, la emigración española no ha desaparecido del todo. Lo novedoso de cara al presente siglo es el giro radical que ha dado el modelo migratorio español. Ya no son aquellos que escapan a la extrema desigualdad y la elevada pobreza, o de las persecuciones políticas y religiosas. Ahora son profesionales de alta cualificación, como ingenieros y técnicos vinculados al sector de la construcción y de la energía, al igual que a los ramos de hotelería, gastronomía, finanzas, periodismo, publicidad, industria editorial y textil, en un reflejo de la fuerte internacionalización de las empresas españolas y la toma de posiciones en la económica globalizada de nuestro tiempo.

Aunque los nuevos contingentes no buscan, como en el pasado, asentarse permanentemente en el país de acogida, pues su estancia es de carácter temporal, la presencia en nuestro suelo de un nutrido grupo de profesionales y técnicos españoles y españolas, le confiere una relevancia social y económica a la vida dominicana, gracias a su talento, capacidad profesional y múltiples aportes corporativos y personales, contribuyendo de
manera decisiva con el desarrollo nacional; a lo cual se agrega el hecho, de no escasa significación, de que España el el tercer socio inversor de la República Dominicana, con un acumulado histórico de US$4,065 millones, que representan el 10.5% de la inversión extranjera, en sectores
tan relevantes como el turismo, la generación de electricidad, la banca, el cemento y el mercado inmobiliario, con la construcción de edificaciones en zonas urbanas y el levantamiento de complejos turísticos. En adición a esto, figura la ayuda que España ofrece al desarrollo nacional, en marco de las relaciones bilaterales, a través de la Comisión Mixta Hispano Dominicana de Cooperación.

Sin lugar a dudas, la presencia española constituye uno de los componentes sociales, económicos y culturales más significativos de la sociedad dominicana contemporánea, ya que la acción constructiva de los inmigrantes ha permeado todas las instancias de la vida nacional. El enorme dinamismo que los caracteriza, representó para el país –y aun lo sigue siendo– una inyección de energía y de trabajo en las más variadas facetas,
haciéndose acreedores de un patrimonio de hazañas, que van desde motorizar la esfera económica, por medio de las actividades comerciales, industriales y agropecuarias, hasta fomentar la religiosidad, la enseñanza, la política, las artes, en fin, todo lo que significa vigorizar
la cultura y la fe en sus más variadas dimensiones.

La gran compatibilidad que caracteriza a los migrantes españoles les ha permitido, en consonancia a su cabal integración y el reconocido de sus aportes al país, mantener viva la imagen y las tradiciones de España, abogando por el fortalecimiento de la identidad común y las buenas relaciones entre la madre patria y su nueva patria de adopción. De ahí la nostálgica y filial composición de Alberto Cortés, que dice: “…Y el abuelo entonces, cuando yo era niño, me hablaba de España, del viento del norte, de su vieja aldea y de sus montañas.

Le gustaba tanto recordar las cosas que llevó grabadas muy dentro del alma, que a veces callado, sin decir palabra, me hablaba de España.”

 

 

Manuel García Arévalo
Manuel García Arévalo
Licenciado en Historia. Académico de número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Miembro emérito del Instituto Dominicano de Genealogía. Empresario, Escritor. Ex ministro de Industria y ComercioCádiz.

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